Es verde y fea, pero se hace paracaídas y vuela conmigo, importa algo más?

"Somos caracoles con mochilas como casas..."
Nos pongamos la mochila como un paracaídas fallado, que primero nos mantenga suspendidos, inertes, con la certeza de la seguridad en las espaldas y la sospecha de la caída inevitable. Tiremos una vez, dos veces, y cuando el último tirón corte el cordón de seguridad nos dejemos caer libremente. Y así sintiendo el corazón a punto de explotar, caigamos en picada directa estrellándonos contra las miles de casas y transeúntes desprevenidos que pueblan las callecitas latinoamericanas. Desarmemos nuestras cabezas en tantas partes como sea posible y volvamos a armarlas cuantas veces sea necesario.
Cada viaje es un rompecabezas. Aunque aparentemente volvamos iguales, algo dentro de uno cambia. No me pregunten qué..tampoco intenten descubrirlo a mi regreso. Ni yo lo sé, ni ustedes probablemente puedan saberlo.

Ya les dije que la cabeza no vuelve a ser la misma. En realidad, como hablamos con Actis en nuestras deshoras viajeras, la cosa varía con cada persona. Algunos viajeros necesitan del viaje para ser lo que no pueden ser en sus nidos. Así se permiten comportamientos, gustos y creencias que no se permitirían de otra manera y que una vez de regreso, desaparecen. Por este motivo es que algunos jamás vuelven. Porque hacerlo implicaría matar esa persona que construyeron fuera del nido. Otros, entre los que me incluyo, seguimos siendo los mismos mamertos que acá o allá van y vienen buceando entre sus pensamientos, enajenandose por momentos para después empaparse de nuevo con estos mundos desconocidos. Somos los recolectores: juntamos todo lo que podemos para llevarlo a nuestros nidos, de donde nos fuimos con la firme convicción del retorno enriquecido.
No me acuerdo cuando fue la primera vez que soñé con viajar por América Latina como mochilera. Seguro tenía muchos años menos, bastantes miedos más, una mochila cargada de obligaciones ficticias a las que la GENTE llama CRECIMIENTO PERSONAL y/o MADUREZ, y una generosidad hacia las “sugerencias de los que quieren lo mejor para uno” que perdí casi al mismo tiempo en que decidí que nadie mejor que yo para decir lo que puedo o no puedo, lo que quiero o no quiero, lo que me hace bien o mal…
Todavía escucho esas primeras charlas “sobre el viaje” con la Regi (“de Regina que significa Reina en italiano”, como noté que se viene presentando últimamente) y la Belu Ciruja de Pérez. La mejor parte fue cuando planeábamos arrancar de Colombia para arriba (sin Mimolivia, Perú y Ecuador) y la Regi había encontrado una lista de ropa adecuada que, emocionada por el hallazgo “completísimo”, había copiado textual: “gorro de lana, medias de llama, bufanda, medias térmicas, guantes, dos remeras mangas largas”, y la lista seguía… Me imagino vestida con todo eso acá en Cartagena y me da ganas de meter la cabeza en el inodoro y tirar la cadena. Yo la escuchaba y pensaba que me estaba jodiendo, pero no, me la leía muy seria y esperando que tomara nota. Estaba tan ansiosa la futura mochilera que ni siquiera había reparado en que esa lista era para viajar al sur argentino.
¿Les molesta si les sigo contando? Es que me encanta acordarme de nosotras tres sentadas mirando mi globo terráqueo, girándolo con los ojos cerrados y posando el dedo en cualquier lugar del mundo, y decir,” vamos?” O redactar mails a Ford para que fueran nuestros sponsors si llegábamos a viajar en el Ford K de la Belu. Yo les mandé otro mail pidiéndoles no me acuerdo qué modelo para el viaje…en la revista se me rieron toda una tarde cuando les conté. También me quedaron los ojos como dos huevos duros de tanto leer en internet historias de viajeros. Me quedaba hasta las 3 de la mañana escarbando en una internet que ya no tenía que ofrecerle a mi ansiedad desmedida por recorrerte, América Latina.
La noche antes de empezar el viaje, el 31 de agosto, me quedé armando la mochila, y aunque estaba cansada y tenía sueño, no pude dormir. La Ritita me acompañó en la vigilia, aunque ella, vaga como es, no pudo resistirse a cerrar esos ojos de caramelo media hora y se puso a soñar y a rebuznar. Y yo me descubrí pensando en esa noche de marzo, todavía con olor a verano cordobés, en la que mi panza de seis años se endureció como una piedra sin dejarme dormir. También había una mochila y un viaje esperándome. Pero la mochila era color azul marino (mi favorito en ese entonces) y en el bolsillo, bien grande y en imprenta, decía Tamid. El viaje… el viaje empezaba a dos cuadras de mi almohada, a las ocho de la mañana, sobre la calle Wenceslao Paunero. Más precisamente en primer grado A de la escuela Gobernador Álvarez que me abría las puertas de su túnel ya no como mera acompañante de mis hermanos más grandes, sino como integrante oficial de su alumnado, con derecho a guardapolvo celeste y cartuchera canopla de dos pisos propia.
Pero yo no quería hablar de esto, sino de la importancia de escucharnos a nosotros mismos, aunque sea de mes en cuando. Quería hablarte de todos los “estás loca; es peligroso para una mujer; para qué; qué inmadura; ya estás grande; tenés un trabajo bueno no lo desaproveches; terminá la facultad; pero no vas a tratar de arreglar las cosas?; cómo vas a hacer con la plata?; no te va alcanzar!; (cuando ya tenía algunos pesitos…) por qué mejor no te compras un auto?”, que tuve el placer de escuchar en los meses previos. Pero también de las sonrisas llenas de lucecitas que me regalaron cómplices los que saben de sueños sin cumplir, muchos de los cuales eran, casualmente, los mismos del renglón de arriba.
Y pensar que todas estas palabras enruladas surgieron porque en realidad yo quería dedicarles este post a todos los que esconden algún sueño. A todos los que quieren ver, sentir, tocar, escuchar, oler y pensar por sí mismos realidades desconocidas. A los que se les remueve el alma con las experiencias de otros que, si sólo se decidieran, podrían ser las suyas.
No tengo idea de cómo terminé hablando de esto. Mi primer impulso fue hablar sobre las despedidas necesarias, esas que cualquier viaje implica. Y con esa excusa dedicarles este post, que venía pensando hace tiempo, a mis queridos compañeros de redacción de la Revista Punto a Punto. Es que soy tan mala para las despedidas, y me emocionan tanto, que en mi afán de concentrarme para no llorar, al momento de saludarlos largué una sarta de incoherencias que apenas recuerdo.

Para ustedes, Bestias, mi agradecimiento por las horas compartidas en esa oficina surrealista tirándonos objetos voladores con la sola intención de asesinarnos. Sólo me llevó 3 meses rectificarme.
Abrazo desmedido… hasta la vista Heidys!









Federico Esteban dijo, Diciembre 5, 2009 @ 4:13 am
Larga pero sin desperdicio. Te felicito Consuelo, seguí adelante!
Evangelina Martin dijo, Febrero 2, 2010 @ 11:31 pm
Hace muchos años que sueño con hacer un viaje como el que contas, ojala algun duia llegue el momento de ponerme la mochila como vos